20 abr. 2011

He visto docenas de muertos

He visto docenas de muertos a través de esta ventana.
Los primeros fueron sepultados a las afueras,
ahora edificios son sus lápidas
y los carros pisotean los cuerpos desconocidos.
Nadie los lloró, las lágrimas también fueron enterradas.
Por encima sus hijos y mas encima sus mujeres;
fueron haciendo una torre intentando dejar una marca en la tierra,
pero la sangre no deja de ser ahora mas que una invisible alarma silenciada.
Dos veces me preguntaron cuantas veces tenia que nacer
para tratar de curar la herida fétida que punzamos con la indiferencia,
dos veces respondí; una sola.

Otros muertos fueron desterrados, ahora los veo en el semáforo.

Muertos sin cuerpo, porque el alquitrán tiñó su tesoro.
Muertos desnudos, porque perdimos el poder de dar amparo.
Muertos vivos, porque se nos dio la gana de juntar esas
dos palabras en una sola y nos reímos de haberla creado.
Muertos plateados que necesitan ser brillados.
Muertos dorados, incapaces de estar quietos.

Los otros muertos son los que se creen vivos y solo reciben ordenes.

Mi abuelo los llamaba zombies; el fue uno de ellos.
Dejo de serlo cuando aprendió a alumbrarse con una vela,
cuando prendía un cigarro por cada estrella voladora,
cuando le escribía a doña Inés esos libros repletos de poesía,
cuando me contaba las historias que ahora yo estoy contando.

Tanta masacre ha visto mi ventana que sus vidrios se están derritiendo.

Tanta masacre patrocino el ciudadano que hoy comemos sobre la sangre de unos pocos,
lamemos sus heridas y alzamos el pecho hinchado de orgullo por una bandera blanca
muy despercudida y pútridamente desgastada.
Tanta masacre hoy es deporte nacional, los contrincantes siempre juegan de local,
la televisión cubre este encuentro que lleva mas de cincuenta años con el mayor de los detalles,
Los jueces; son los jueces de turno,
Los técnicos; encargados de que la contienda nunca termine.
Los jugadores; siguen sordos, esperan el final, pero nunca se detienen.

De tanta masacre me consideré cómplice, disparé una flecha bajo mi cien ......, acerté.

15 abr. 2011

He olvidado ser lo que solía ser.

He olvidado ser lo que solía ser.
Al fondo del estanque caían los desperdicios
y yo solo me alimentaba de con alimañas satelitales
que nunca dormían, solo vigilaban
Solía ser un danzante con instrumento.
Me retorcía como serpiente para poder sacar lo que mata.
De la caña aprendí a quitarle el miedo a las piedras rojas
y azules y amarillas y verdes.
Con la caña extraje el lamento de mi pueblo,
la espada que les atraviesa la testa.
Les ofrecí vino melodioso para que se embriagaran de olvido
y se alimentaran de cantos.
Del tomatero vacío repetí mi sonido y el suyo
y el de África hermanada y el del suelo que está pisando,
Con la garganta solo gritaba en voz baja
para que uno por uno me pudiera oír.

Ahora recuerdo, no es usted quien curaba
con solo decir unas palabras en un idioma casto,
que tenía una pluma al borde de los labios
que usaba para sacar el almita de las cosas
y que inyectaba un polvo verdoso por las ñatas
para escupir los malos hábitos.
A pasado ya Algún tiempo desde que salí del huevo
pero es una buena noticia encontrármelo recientemente
tan cerca de mi casa.

14 abr. 2011

Aunque parezca absurdo

Aunque parezca absurdo, tuve que aprender a odiar
y a que me odiaran, para saber de que se trataba.

He caído bajo ahora,
y no hay mas abajo en un lugar de esta tierra,
ni de otra tierra.

Si este cielo tiene alguna línea chueca estoy en ella.
Pero hasta mi avaricia tiene un valor divino en este escenario,
donde no hay instrucciones para salir, solo llaves.

Aunque parezca absurdo, me hicieron macho,
para que aprendiera a cuidar a la hembra.

Llevas a cuestas

Llevas a cuestas un cruz que no te conviene.
Tu cabeza lleva mucho tiempo bajo la orina.
Te emocionas con saber que puedes salvar, y luego ser salvado.

Liendras comieron la sangre de tu cuero cabelludo.
Tu melena luce mas desordenada y mal oliente que nunca.
Tu vestido apenas trata de tapar la cicatriz dejada por la muerte de tus hijos,
la de tus hermanos y la segura muerte de tu padre.

Paseabas delirante, volabas cada vez que nadie te veía.
Temías de vez en cuando, pero ser temerario, te hizo sólido y liquido a la vez

Donde caíste dejaste la semilla, y también al pájaro,
y también al jaguar, y también las manos.

Tu el hijo, el médico y el abuelo, que curabas dando tu sangre,
ahora te asfixias cada vez que la nombran.

Te doy un poco del dulce que regalaste,
quiero verte sonreír antes de irme.
Trataré de no recordarte mas,
por lo menos no por ahora.

Debo hacerte a un lado y seguir mi rumbo...
a lo mismo has venido, pero no por el mismo camino.
Vivirás entre lo vivos,
Yo moriré entre los muertos.

Dejá que yo solo me rescate,
me voy con tus letras en el alma.

13 abr. 2011

Pisaba

Pisaba el camino sin echar una mirada atrás,
tampoco adelante, solo a los costados.
Solo sabía que algo tallaría,
y se detendría a quitar las piedras que se hundieron en su bota.

Jugaba a patear planetas y a saltar montañas,
a coger hormigas, a romper quebradas.
Se tomaba el río, Fecundaba el suelo.
Dormía en las hojas, cuidaba los cerdos.
Bailaba dormido, tejía el concreto.
Cantaba en el agua, reía sereno
Volaba en las flores, lloraba en invierno.
Bordaba la tierra, sembraba desvelos,
Embriagaba el alma de los mas serenos,
Tropezaba siempre cuando iba subiendo.
Lanzaba la piedra sin tapar el brazo.
Contaba su cuento para los de abajo.

Era el artesano, el pintor, el herrero.
Era el maquinista, era el pordiosero,
el albañil, el loco, el charlatán, el perro,
la mujer preñada, el soñador de un sueño.
La canción cantada, las manos del piano,
la risa del niño, el llanto de usted.
Las cuerdas del cello, el arco, su ataque,
las pisadas vivas del viento chillón.
Era lo que cuelga del árbol de mango,
Era la cigarra, era el canalón.
Era la cintura de la gran montaña,
de la espesa selva, era el cuidador.

Pisaba el camino y lo vuelve a pisar mas fuerte,
tan fuerte que ya golpea mi cabeza.

Quisiera

Quisiera el exilio del dolor.
Las muertes resignan los corazones
y no dejan de florecer pájaros que se golpean la cabeza.
El diminuto hilo entre aquí y allá es grande,
es un llano del tamaño de una uña,
como la inmensidad del mar
dentro del poro de una piedra,
como la fuerza del río que lleva alimento a las células.

Quisiera el exilio del dolor.
Prefiero el exilio, no quisiera yo matarlo.
Hace parte de aquí, esta es su casa,
talvez le dolería mas al dolor ser expulsado
que tener a la muerte de amiga por otros tantos siglos.
Un guerrero de vil talla es inmortal,
vino a cumplir su trabajo y saldrá a momificar sueños.
Es mejor no verlo por un tiempo.

Quisiera el exilio del dolor.
las manos del indio ya están rotas
solo los hijos ya nacidos son los que portan el estandarte;
los esperan rituales de cosechas,
llamados de lluvia y viento.
Así se exilia el dolor, trabajando la madre,
se calma cuando se le amasa con las manos.

Quisiera el exilio del dolor.
Primero debo regresar, yo soy el exiliado,
llevo miles de años sin volver;
me privé del cielo y su frutos lila.
Volver volviendo, tierra mujer me estoy perdiendo.
Despójame de la ingenuidad
aunque sea por un momento,
que llegaré pidiendo la teta para mamar.

Su vientre

...:::Homenaje Postumo a mi maestro Jairo Anibal Niño (1941-2010):::...

Su vientre era un arma mortal,
había parido cinco machos bravos a lo largo de su vida.
Sus tetas tienen la huella de donde los cinco habían
extraído lo que quedaba de su ser,
Colgaban y ya nadie las amasaba, dolían,
se fue cansando del dolor hasta que el dolor mismo fue apagando su existencia.

Cuatro fueron a diferentes partes,
el menor se quedo un tiempo en casa,
el que le sigue fué al Romero,
el que le sigue al Mirlo,
el que le sigue al Rosal,
al mayor por bravo: le cortaron los brazos,
le punzaron los ojos y lo abrieron en la plaza de mercado
para vender sus órganos al que mejor pagara.

El segundo de los bravos trabajó en la tierra.
junto a un buey amigo aprendió la calma,
aprendió a ganarse con sudor la papa.

El tercero sin fortuna, trabajó en la hacienda.
No hacía nada por comida, solo echarse a cuidar ganado,
a mirar los prados, a mascar tabaco, a tomar bebida.

El cuarto, el más apuesto.
Trabajó entre hembras; era amigo de todas, todas lo querían.
Ellas realizaban cualquier fantasía que su macho ordenara,
era el único dispuesto, a calmar el dolor.

El menor. El último en irse, y más bravo de todos,
afiló sus cuchillos en una piedra y salió diciendo que un día regresaría.
Aunque sabía que la cosa afuera era jodida... para un ser como él,
para un alma con sed.

Años después, uno a uno los cuatro bravos fueron cayendo.

A la vecindad del segundo,
llegó un macho joven; mucha energía, mucho carisma.
Y el bravo por mas bravo que fuera,
no podía compararse con un calmante más efectivo para las hembras.
Por traición de su jefe fue llevado a prisión
y dos días después con un tiro en la cabeza,
fue encontrado por sus vecinos a las orillas del rio Mijai.

El tercero, sin fortuna, siguió engordando en el Mirlo.
Le dijeron que en pocos días lo cambiarían de puesto.
Llegando el camión a la hacienda,
los empleados subieron en fila rumbo a un edificio con olor a sangre;
de allí salieron en bandejas, y regresaron al Mirlo hechos dinero.

El amigo del buey se hizo dura roca.
Y allí envejeció sin dejar historias.

El más bravo se metió en el monte
y aprendió a leer el alma de las cosas.
Afiló sus cuchillos en una piedra
y decidió ir a la ciudad a romperle el rostro al que no lo respetara.

En la ciudad sabían que un bravo se acercaba;
acordonaron las salidas, se ocultaron detrás de las ventanas.
Con palos y lazos se abalanzó la multitud hacia el valiente,
que solo alcanzó apuñalar a tres de sus agresores.

Todo se ve rojo para el casto.
De su boca brota sangre que se mezcla con el polvo de ladrillo.
Sus cuchillos partidos a la mitad ya no funcionan.
Una espada le atraviesa el lomo,
mientras dos hombres cortan sus orejas y su cola.

Cayo el más bravo en la ciudad, ese monte no es su monte.