13 abr. 2011

Su vientre

...:::Homenaje Postumo a mi maestro Jairo Anibal Niño (1941-2010):::...

Su vientre era un arma mortal,
había parido cinco machos bravos a lo largo de su vida.
Sus tetas tienen la huella de donde los cinco habían
extraído lo que quedaba de su ser,
Colgaban y ya nadie las amasaba, dolían,
se fue cansando del dolor hasta que el dolor mismo fue apagando su existencia.

Cuatro fueron a diferentes partes,
el menor se quedo un tiempo en casa,
el que le sigue fué al Romero,
el que le sigue al Mirlo,
el que le sigue al Rosal,
al mayor por bravo: le cortaron los brazos,
le punzaron los ojos y lo abrieron en la plaza de mercado
para vender sus órganos al que mejor pagara.

El segundo de los bravos trabajó en la tierra.
junto a un buey amigo aprendió la calma,
aprendió a ganarse con sudor la papa.

El tercero sin fortuna, trabajó en la hacienda.
No hacía nada por comida, solo echarse a cuidar ganado,
a mirar los prados, a mascar tabaco, a tomar bebida.

El cuarto, el más apuesto.
Trabajó entre hembras; era amigo de todas, todas lo querían.
Ellas realizaban cualquier fantasía que su macho ordenara,
era el único dispuesto, a calmar el dolor.

El menor. El último en irse, y más bravo de todos,
afiló sus cuchillos en una piedra y salió diciendo que un día regresaría.
Aunque sabía que la cosa afuera era jodida... para un ser como él,
para un alma con sed.

Años después, uno a uno los cuatro bravos fueron cayendo.

A la vecindad del segundo,
llegó un macho joven; mucha energía, mucho carisma.
Y el bravo por mas bravo que fuera,
no podía compararse con un calmante más efectivo para las hembras.
Por traición de su jefe fue llevado a prisión
y dos días después con un tiro en la cabeza,
fue encontrado por sus vecinos a las orillas del rio Mijai.

El tercero, sin fortuna, siguió engordando en el Mirlo.
Le dijeron que en pocos días lo cambiarían de puesto.
Llegando el camión a la hacienda,
los empleados subieron en fila rumbo a un edificio con olor a sangre;
de allí salieron en bandejas, y regresaron al Mirlo hechos dinero.

El amigo del buey se hizo dura roca.
Y allí envejeció sin dejar historias.

El más bravo se metió en el monte
y aprendió a leer el alma de las cosas.
Afiló sus cuchillos en una piedra
y decidió ir a la ciudad a romperle el rostro al que no lo respetara.

En la ciudad sabían que un bravo se acercaba;
acordonaron las salidas, se ocultaron detrás de las ventanas.
Con palos y lazos se abalanzó la multitud hacia el valiente,
que solo alcanzó apuñalar a tres de sus agresores.

Todo se ve rojo para el casto.
De su boca brota sangre que se mezcla con el polvo de ladrillo.
Sus cuchillos partidos a la mitad ya no funcionan.
Una espada le atraviesa el lomo,
mientras dos hombres cortan sus orejas y su cola.

Cayo el más bravo en la ciudad, ese monte no es su monte.